martes 6 de abril de 2010

ABRIL 2010 RELATOS


NIEVE
(por Fer Lima)


Inevitable no escribir sobre la nieve, porque aquí no nieva nunca, aunque parece que cuando nieva lo hace con ganas, como si la nieve se fuera acumulando en algún lugar del cielo durante veinte años y luego descargara de golpe, gritando, cantando muy alto. Me da por pensar que tienen a la nieve encerrada en las nubes y por eso al salir lo hace con tanto estruendo, pobrecilla. Yo haría lo mismo, de ser nieve. Además, lo de la frialdad no me cogería de nuevas y seguro que aprendería a hacer resbalar a la gente y a los coches.
Lo que nadie esperaba es que, esta vez, fuera a quedarse.
Tampoco que fuera azul, pero eso formaría parte de otro relato.
La cuestión es que a la nieve le dio por estar siempre, le gustó haber caído aquí. Por el clima, seguro. La arquitectura está bien, los bares son agradables, la gente es simpática; pero creo que ha sido por el clima templado y las terrazas de los domingos por la mañana.
Nos costó acostumbrarnos a la nieve permanente. Sobre todo a partir de primavera, cuando empezó el calor y comenzamos a combinar esquíes con camisas de lino y nos enamoramos de los hombros desnudos de las chicas mientras patinábamos sobre el hielo de las aceras de la calle Aragón. Ese verano todo el mundo llevó sandalias con calcetines y en la playa nos estirábamos a tomar el sol sobre mantas eléctricas y bolsas de agua caliente. Se puso de moda el granizado, pero los puestos de helados cerraron, qué lástima.
Después, cuando volvió el frío, la nieve se evaporó.
Por eso digo que se había quedado por el clima.