jueves, 5 de marzo de 2009



SALAMANCA LILA
(por Xavi Martín)

La última semana de Marzo tenemos la oportunidad de dar a conocer lo que hacemos en la bella ciudad de Salamanca. Y este será el programa.

Martes 24 (por confirmar)
Malabar (plaza del Oeste)
Lila Acoustique: los temas de Lila dit ça en duo y en acústico

Miércoles 25
Auditorio Escuela de Música Santa Cecilia (Garrido)
Historia de la música electrónica y loops: concierto didáctico con conferencia sobre la historia de la música electrónica desde tres puntos de vista: el ámbito social, la vertiente tecnológica y el aspecto estético.

Miércoles 25 (por confirmar)
Café Moderno (Gran Via)
Radio Persona: participaremos en el espectáculo de Andrés Sudón, tocando algún tema.

Jueves 26
El Akelarre (Canalejas)
La Noche Lila: presentamos tres proyectos
-De tu pulsar, mi zozobra, video poemario musicado
-Frío "Monocrómico", video arte
-Lila Acoustique, nuestros temas en acústico.


LA NOCHE LILA
(por Xavi Martín)

La Noche Lila es un espectáculo en el que presentamos tres de nuestros proyectos como Lila Dit Ça.

DE TU PULSAR, MI ZOZOBRA
Este proyecto parte de un poema y cinco variaciones de José Encinas, a los cuales le hemos puesto banda sonora y banda visual. Este mes presentamos en myspace, blogspot y en youtube la variación0 o el poema matriz, el próximo mes presentaremos el proyecto entero en estos dos mismos sitios y además lo podréis conseguir gratuitamente en un pen-drive de regalo, junto a alguna sorpresa más, en la revista MOMBAÇA , revista de arte, fotografía, poemas y ensayos.

FRÍO "MONOCRÓMICO"
Proyecto que presentamos el mes de Febrero en myspace, blogspot y youtube, con los vídeos de Oscar Sánchez.

LILA ACOUSTIQUE
Las canciones de Lila Dit Ça en duo y en acústico con loops en vivo, más canciones nuevas que pronto presentaremos.

INTRO
(por Fer Lima)



A la consulta del psiquiatra ha ido un hombre adicto a las introducciones.

Este problema, explica, le imposibilita vivir con normalidad. Al principio, el psiquiatra, que es de la escuela psicoanalítica, lo achaca a algo de los preliminares del sexo, que es la mejor parte según dice todo el mundo, y a un trauma infantil relacionado con la cabecera de Fraggle Rock, que era la mejor parte según dice todo el mundo. Acaba elaborando una teoría plausible: su madre le pegaba, aunque sólo un poco y con la punta de los dedos.

El paciente, sin embargo, no está de acuerdo. Dice que no encuentra trabajo. O más bien, sí que lo encuentra, pero, después de una temporada, lo deja sin ningún tipo de miramiento ni rubor. No se aburre, no se cree poco capacitado, sino que ya no le calma. Tiene que buscar otro con celeridad enfermiza.

Lo mismo le pasa con las mujeres, claro, aunque todavía no sabe si es debido a su adicción o a su condición adolescentemente masculina.

No consigue pasar de la página veinte de ningún libro. Las películas las abandona en el planteamiento, dejando el nudo y el desenlace para las mentes débiles adictas al quépasará. Ha tenido que mudarse a un primero. Los sonetos los acaba en el primer cuarteto. Los paisajes los contempla desde los coches. Sólo come fast-food. Los vinos sólo tienen entrada en boca. La música acaba en la obertura.

El psiquiatra tacha sus anteriores teorías y adopta un gesto de resignación. El tiempo se ha terminado, le avisa. No hace falta que vuelva.

Qué me dice, doctor. Estoy muy enfermo. ¿No me ha escuchado?

Claro que le he escuchado. Pero no veo que tenga usted nada raro. Lamentablemente, todo en su vida es normal. El problema no es suyo. Acostúmbrese. Buenas tardes.

DAME UNA CALADA AUNQUE ME MUERA
(por Eva Ortiz)

Un local de ésos a los que nunca entrarías estando más o menos consciente. A tu alrededor un montón de gente con la que no tienes casi nada en común (descontando, claro, el hecho de estar en semejante tugurio, a unas horas totalmente indecentes, y en un estado que podríamos definir –siendo muy considerados- lamentable), escuchando una especie de sonido de fondo al que puede ser que alguien, totalmente carente de oído y gusto, llamase música. Y ahí estás tú, que en un despliegue de vitalidad, que no vitalismo, respetemos, por lo menos, al señor Ortega, casi sin tenerte ya en pie, con el rimel en las mejillas, el moño de medio lado y con el pintalabios que ha sido sustituido por el morapio de los vinos que te has tomado antes de tomar la fatídica decisión de salir de copas. Porque a ciertas edades, una todavía no está lista para retirarse para siempre de la escena nocturna, aunque debería y todavía se siente joven para aguantar una noche de marcha (así, como cuando tenía quince años), pero no. En realidad, la resaca de la última vez que saliste (en una despedida de soltera.... eso no te da alguna pista, chata?) te duró una semana y la gastritis quince días. Pero eso da igual, porque la memoria es una cosa de la que se prescinde en muchas ocasiones y la conciencia, que se ha puesto en marcha a recordarte que eres mayor para ciertos excesos, a los treinta ya tiene muchas tablas y se ha convertido en una cínica. En un intento desesperado de no dormirte por las esquinas, te pones a bailar al son de las canciones que ponen, que obviamente ya no conoces (¿qué es ese ruido atroz llamado Nena Daconte?, en serio que alguien me responda). En algún momento de tu existencia, te sabías las canciones que sonaban en los bares, y ahora, algún domingo por la mañana, cuando una ha dormido bien el sábado (¿os dais cuenta de lo que digo?, dormido bien un ¡¡¡¡SÁBADO POR LA NOCHE!!!!!) te pones a los Pink Floyd y das gracias a Dios por ese guitarreo, pero claro, eso no es lo mismo que intentar seguir un compás que a) no conoces, b) no te gusta y c) no te deja charlar tranquilamente con los amigos. ¿Será que estás viviendo – en tus propias carnes- un salto generacional?, qué pasa, ¿que ahora no se habla cuando se sale?, ¿nosotros hablábamos cuando salíamos?, ¿sólo bebíamos calimocho y saltábamos al rimo (dudoso) de los Barricada?. A pesar de todo, intentas mantener la dignidad, intrínseca y moral, y parecer lo más digna posible encima de los tacones de escándalo que te has puesto para salir (nota al pie: nunca más intentarlo con más de cinco centímetros), aunque para consolarte te queda la colega treintañera que ya se ha rendido y que se ha aposentado en una banqueta con la firme determinación de que de ahí no la mueve más que un brazo amigo con la promesa de un taxi. Sientes que estás fuera de lugar. Y lo más penoso de todo es que esto es muy fácil y sencillo de comprobar, hasta borracha. Una prueba infalible: echas un vistazo a tu alrededor. Si piensas que no hay que tomarse literalmente el escaparate de Berska, y que a ese mozo se le van a caer los pantalones, el dilema está resuelto. Has pasado de etapa, de ahora en adelante te limitarás a irte de cenitas y beberte tu botella de vino (de más de quince euros), a mirarte la ropa en el Máximo Dutti, y a prometerte a ti misma no volver a entrar en la sección juvenil del H&M. Aunque para los más observadores, existe la PRUEBA DEFINITIVA: si te ves (a ti o los amigos) pidiendo perdón a los que empujan y esperando formalmente la cola del baño de chicas en vez de aventurarte al baño de chicos, porque no aguantas más, definitivamente, la próxima vez que estés tentada de salir de copas, di ¡NO!, que no pasa nada, mujer. Ante este desolador panorama, cuando la desesperación están empezando a hacer mella en ti, sólo puedes hacer una cosa: fumar. Y desde el momento en el que tomas tal decisión, tu único objetivo en este mundo es meter nicotina en tu flujo sanguíneo. Miras en tu bolso (porque ahora sales con bolso, lateral) y ¡Oh Dios mío! No tienes tabaco. No pasa nada, buscas con la mirada la máquina. Y no la encuentras. Te lanzas hasta la barra, llena de gente, y le preguntas al camarero.
Perdona que te moleste, ¿la máquina de tabaco, dónde está?- A lo que él, con una mirada perpleja te responde:
No tenemos.
¿QUÉÉÉÉÉÉEÉÉÉ? Esto si que es el acabóse. ¿En serio no hay?, ¿qué hago yo ahora? De pronto descubres que hay muy poca gente fumando (aunque el bar esté lleno de humo), porque ahora fumar es malo y hay que respetar al que no fuma, que está muy bien, pero ¡hola buenas!, ¿esto es un bar de copas o un congreso de enfermedades cardio- vasculares? El caso es que ya no tienes tabaco, y es humanamente imposible conseguirlo a menos que esperes a las ocho de la mañana y entres en una cafetería (de medio lado) que son uno de los pocos sitios civilizados que aún existen en este mundo (café y tabaco en un mismo local, ¿hay algo mejor?). Barajas la posibilidad de salir a la calle, aunque debe hacer frío, y tu abrigo debe estar en algún lugar debajo de toda esa montaña.... hasta que de pronto, ¡ves la luz!, ¡tu salvación!, ¡la visión beatífica de tu colega con un cigarro en la boca!. ¡¡¡¡Dios existe!!!! En un esfuerzo sobrehumano atraviesas todo el local y te plantas a su lado en una décima de segundo, le miras y con mirada suplicante, entornas los ojos y sacas todos tus encantos femeninos -que en ese estado ya son pocos tirando a ninguno-, intentas ser educada y amable, pedirle que si por favor te da un cigarro, pero de pronto todo se te viene encima: la gente, el ruido, el cubata, un tío que tropieza contigo y que en vez de pedirte perdón te rebuzna algo, el calor, el olor a humanidad que te sobrepasa, los otros tres cubatas que te has tomado, el mareo, el dolor de garganta de intentar hablar con la gente en un local que claramente no está diseñado para las tertulias, el malestar general causado por el alcohol, el horrible sufrimiento que te producen las ampollas en el talón, de los tacones, obviamente, el escozor de los ojos por el humo... y en vez de eso le sueltas
¡¡¡¡DAME UNA CALADA AUNQUE ME MUERA!!!!
Y luego, efectivamente, te mueres, porque si fumar es malo en condiciones normales de presión y temperatura, cuando llega el final de la noche, y uno sabe cuándo ha llegado, es fatal, mortal de necesidad, fatídico. El final. Nunca más. Hasta aquí hemos llegado. Ya soy mayor. Me voy. Y te vas. Y piensas que el aire fresco te despejará. Y que seguro que con un paseo hasta casa (contando la cuesta de las catedrales, claro) se te pasará la borrachera. Y pasas por la Plaza Mayor. Y la gente te mira. Normal, además de que la borrachera no se te ha pasado en absoluto, estás muerta de frío. Y lo del equilibrio y andar en línea recta se está convirtiendo en algo tan imposible como vocalizar. ¿Y qué haces en vez de enfilar la Rúa? –que es el camino hacia tu casa-. ¡¡¡¡Pues lo normal!!! Ir a buscar tabaco, porque no tienes para mañana por la mañana, que seguro, seguro, te aliviará un montón la resaca más grande de todos los tiempos.